Casablanca, 65 años después

El Nacional – Alexis Correia / 16 de diciembre de 2007

Casablanca, 65 años después

“Era naturalmente cortés, pero advertí siempre en él cierto distanciamiento. Fuera del estudio vivía como encerrado en una cápsula de vidrio y me intimidó”, escribió Ingrid Bergman sobre Humphrey Bogart en su autobiografía Mi vida, en la que apenas dedicó unos pocos y no muy gratos párra fos a Casablanca.
El actor negro Dooley Wilson, el carismático showman Sam a disgusto, el soplo divino del hiriente recuerdo portado en los versos de As Time Goes By, en realidad estaba sentado frente a un piano hueco, pues no tenía ni la menor idea acerca de cómo tocar este instrumento.
Los de coradores no se tomaron nunca la molestia de ojear algunas fotos de Casablanca para saber cómo era de verdad el aspecto de esta ciudad marroquí.
Y sin embargo, en un triunfo esplendoroso de la ficción, la película del director Michael Curtiz cumple 65 años con una frescura de la que carece mucho cine.
A pesar de contar con un director como Curtiz, el rodaje de Casablanca comenzó como un desastre.
“El guión se modificaba sin descanso y a diario rodábamos a partir de cero.
Nadie sabía cómo finalizaría la trama, lo que no contribuía a que diéramos verosimilitud a nuestros personajes.
“Cuando preguntaba si debía estar enamorada de Rick Blaine (Bogart) o de Víctor Laszlo (Paul Henreid), me respondían: Aún no lo sabemos…actúe…
actúe mitad y mitad”, prosigue en su autobiografía la intérprete sueca de Ilsa Lund.
Este personaje, una refugiada noruega, vive un dilema muy femenino: al altruista hombre que más le conviene lo quiere, pero como a un hermano. Y el que la hace llorar, el que le hace arder las mejillas, es un noble rufián con la nicotina y el alcohol instalados.
Uno de los aspectos que más estremece de Casablanca es saber que cuando se estrenó en Estados Unidos, a finales de 1942, luego de un rodaje a la carrera, la Segunda Guerra Mundial parecía lejos de terminar en una victoria de los aliados.
De allí la sensación de endeble tregua que se respira en los locales nocturnos dentro de los que se desarrolla la mayor parte de las 20 escenas y 102 minutos de metraje de Casablanca: el Rick’s Café Americain y el Blue Parrot de la metrópolis marroquí.
“Es un hermoso mal momento para enamorarse”, le replica Rick a Ilsa Lund cuando ella subraya la paradoja del terrible contexto histórico de su romance furtivo y perfecto, un pasado que él sabe imposible de reeditar y que quedará embalsamado en una oración que, como el himno de La Marsellesa, encierra una semilla de irreducible militancia libertaria ante todo totalitarismo: “Siempre nos quedará París”.
Era naturalmente cortés, pero advertí siempre en él cierto distanciamiento.
Fuera del estudio vivía como encerrado en una cápsula de vidrio”.
Ingrid Bergman, sobre Humphrey Bogart en ‘Casablanca’.
isla para ayudar a su ex novia. En el lugar, vive una extraña comunidad, dominada por las mujeres y donde se realiza un misterioso culto cada año. El filme, nueva versión de una exitosa cinta de suspenso de los 70, no genera sensaciones en el espectador y Cage tampoco hace su mejor papel. (SG).

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