‘Casablanca’

EL PAÍS – J. A. González Casanova / 29 de enero de 2005

‘Casablanca’

En 1938, el profesor Murray Burnett, aspirante a dramaturgo, entra al azar en un cafetín de la Costa Azul y oye cantar a un pianista negro As time goes by, cancioncilla de autor casi ignorado que es para él recuerdo nostálgico de su época estudiantil y símbolo eterno del amor. Le emociona el reencuentro y escribe bajo su inspiración una pieza teatral que no llega a estrenarse y acaba siendo uno más de los muchos guiones cinematográficos que la Warner recibe diariamente. Así comienza la historia de Casablanca, la mejor película de todos los tiempos según el American Film Institute; modelo cumbre del cine de culto; la obra del séptimo arte que, pese al paso del tiempo, convierte el adjetivo “mítica” en epíteto, y, en cualquier caso, el título que, durante años y en nuestro país, ha servido de respuesta inmediata a la mayoría de quienes eran preguntados a bocajarro cuál era, en su opinión, la película por antonomasia. No importa que algunos críticos “ilustrados”, con vergüenza ajena ante la popularidad del filme, la desmitifiquen esgrimiendo su argumento inverosímil, su incoherencia psicológica, su moral contradictoria o fallos de racord, tópicos a doquier, frases delirantes, sentimentalidad que bordea lo cursi. El plebiscito de tres generaciones de espectadores sigue siendo aplastante frente a la pedantería de algunos entendidos. Como en los cuentos infantiles y en los sueños, aceptamos lo increíble ante la verdad del relato y sus personajes. El cliché, el cromo repetido, aunque resulte kitsch, en Casablanca se torna genial porque su repetición revela lo eterno del arquetipo. Umberto Eco la compara, en ese sentido, con la Sagrada Familia de Gaudí: una antología de lo esencial de todas las películas; un collar de símbolos que encadenan el espíritu del espectador permitiéndole vivir, identificado, esa “historia muy grande de amor”, como la consideraba el propio Bogart. Para el semiólogo italiano, sus autores se encontraron, tras la filmación, con que habían tejido un texto que contenía un mensaje directo al inconsciente colectivo y personal, un proyecto pedagógico que, a través del relato sentimental de una renuncia amorosa, revelaba el mito perenne de la renuncia a la pasión erótica. Más allá de sentimientos narcisistas infantiles valía la pena renunciar a un amor egoísta para ser fiel a otro más grande, la humanidad oprimida y humillada, luchando contra el mal en el mundo. Lo que, en apariencia, no pasa de ser una modesta aportación de la serie B a la propaganda antifascista, aporta la máxima moraleja de que, en momentos históricos tan crueles como la II Guerra Mundial, no importan los sentimientos de “tres pequeños seres”, sino la victoria sobre el nazismo. Si Casablanca sobrevive frente al paso del tiempo no es por lo que tiene, aun siendo mucho, de obra de arte, sino por haber proyectado ante la visión del alma humana el arquetipo mítico del héroe como un modelo ético, según el cual, quien al principio se muestra reacio a cumplir su destino redentor y desciende a los infiernos de su culpa, lo acaba asumiendo, combativo, sacrificado y, al final, victorioso.

Casablanca se disfraza de aventuras en un marco exótico para elevar una guerra entre potencias a combate ideal en nombre de la dignidad humana contra toda quimera totalitaria. Así, la escena emocionante del canto coral de La Marsellesa, que ahoga el belicoso y provocador rugido del grupo militar alemán. Casablanca finge contar la típica historia de un triángulo amoroso para sublimar la pasión, la ambivalencia ética y la difícil libertad humana, desgarrada en la escena inolvidable del aeropuerto envuelto en niebla. “Dijiste que yo tenía que pensar por los dos y es lo que he hecho. Y sé que tienes que subir a ese avión con Víctor, que es a quien perteneces. Eres parte de su obra, eres su vida. Siempre nos quedará París”. Casablanca es, en resumen, un relato iniciático, misteriosamente inspirado por el Fausto de Goethe, en el que hasta el detalle más pequeño del guión, decorado, vestuario, luz, música y diálogos, proyecta un profundo significado simbólico, como intenté demostrar en Casablanca. Una historia y un mito (Editorial Kairós, 1994) al cumplirse el cincuentenario del filme. ¿Será que, como sugería Umberto Eco, la película, en realidad, se realizó a sí misma, se hizo sola, porque “algo ha hablado en el lugar de su realizador?”. De ser así, bien se merece el culto y la veneración recibida por su condición casi sagrada de poder eternizante. ¿Cómo se explica que ese “cuento de hadas” de final infeliz, que acaba mal, haga la felicidad de tantos y tantos cuantas veces esta misma dicha les exige volver a revivirlo?

Si, en los años cuarenta, el público se identificó con el Rick antifascista y, en los sesenta, con el revival romántico de unos sentimientos heridos de muerte por el materialismo imperante, hoy Casablanca nos permite comprender el mensaje central de la canción que fue su origen remoto y su constante resucitadora en la memoria de millones de seres: the fundamental things apply as time goes by. Lo esencial se revela en y con el paso del tiempo porque todo tiempo pasado conserva una huella de eternidad. Mucha gente ha notado esa huella en su alma de forma muy sencilla y a través de un popular error: la famosa frase “play it again, Sam”, que da título a la comedia de Woody Allen Sueños de un seductor y que nunca se dice en Casablanca. He ahí el deseo inconsciente de que nos relaten de nuevo el cuento de nunca acabar, the same old story, la misma vieja historia de amor y de gloria, de vida y de muerte. De ahí su reiterada difusión por todos los medios posibles, mientras corren los años. La canción nos recuerda y nos confirma que, en toda época y en cualquier lugar del mundo, mientras haya un amor combatiente no importa lo que nos traiga el futuro, pues siempre nos quedará como referente íntimo el mito del héroe, luchador contra el mal, y el misterio de una película que realizó algún dios. Para nuestra esperanza en el ser humano y nuestra felicidad siempre nos quedará Casablanca.

Entre el amor y la dignidad

Casablanca se realizó en 1942. Sus intérpretes principales fueron: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Paul Henreid, Claude Rains, Conrad Veidt, Sydney Greenstreet, Peter Lorre, Madeleine LeBeau y Dooley Wilson.

Director: Michael Curtiz. Productor: Hal B. Wallis. Productor ejecutivo: Jack L. Warner. Guión: Julius J. Epstein, Philip G. Epstein, Howard Koch y Casey Robinson -este último no acreditado-, basado en la obra teatral Everybody comes to Rick’s, de Murray Burnett y Joan Alison. Música original: Max Steiner. Fotografía: Arthur Edeson. Montaje: Owen Marks. Dirección artística: Carl Jules Weyl.

El filme ganó en 1943 tres oscars, los correspondientes al de mejor película, mejor director y mejor guión. Se estrenó en Nueva York en noviembre de 1942 y en España, el 19 de diciembre de 1946, en Madrid.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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